02
Sep
Grandmita
Quizás el estar expuesto al sufrimiento nos hace más humanos, nos recuerda que no sólo somos mortales sino que la vida es tan frágil como una lámina de cristal.
“Trague Señora Itriago, trague”
Nunca, hasta hoy, tomé en consideración que podías irte tan fácilmente. Pensé, o más bien asumí, que el Alzheimer te consumiría o que el Parkinson acabaría contigo. Después de verte lucharlo por tantos años, creí que perderías una batalla imposible de ganar, de la manera más dramática posible: en una clínica, seguramente ésa que tiene los delfines pintados en la sala de espera, como lo hizo mi Papapito; o postrada en tu cama, después de una noche agonizante, como le pasó a mi tía Isabelita.
Hoy, cuando te fui a visitar, vi como te daban la comida en tu silla de ruedas, hacía ya tiempo que no caminabas. No tragaste la sopa porque te distrajiste cuando te saludé, por eso tu enfermera te lo recordó. Tus pastillas eran muy grandes y cuando te la dieron mientras yo me iba, te ahogaste como cuando un niño se traga un juguetico. No me atreví a volver a subir. No quería verte así. Me dio pánico.
Minutos más tarde regresé a tu cuarto y ya te estaban nebulizando. De repente tosías durísimo. No sabía que te quedaba tanta fuerza. En ese momento sentí tu enfermedad. Siempre la habías llevado tan bien, “¿Cómo te sientes?” “Bien, encantada de verte”. Llegué a pensar que eso que tenías ni dolía.
Pero hoy, mientras tosías durísimo, te vi la mirada desesperada, buscando aire, y como preguntándote cuándo se iba a acabar todo. Te agarré la mano, no sabía cómo podía hacértelo más fácil, me miraste a los ojos casi diciéndo “ayúdame”.
Hoy me di cuenta de que te podías ir así, rapidito, ahogada mientras comías. De la forma menos esperada. Así, de golpe.
…
Cuando se murió mi Papapito, decidiste, por algún motivo, que tenías que ser fuerte. No sé por qué, si todos hubiésemos entendido que quisieras pasar una década entera llorando. No te vi botar ni una lágrima, a pesar de que esa noche dormí contigo. Sólo me mostraste dos veces tu dolor: en la misa del velorio, cuando le diste la paz a mi abuelo poniendo tu mano, incluso dando golpecitos, sobre el vidrio de su urna (“la paz, Tobías”), y un día en la biblioteca de tu casa que dijiste algo así como “la vida sí es dura”.
El resto lo guardaste, bastante escondido, hasta que tu cuerpo no pudo más y tuvo que sacarlo con las enfermedades más horribles que he visto.
El cáncer de mi tía Isabelita unos meses más tarde no ayudó. Creo que cuando te lo dijeron ya estabas un poco perdida, pero no dudo que fue un segundo golpe igual de fuerte que el primero.
Así empezó. Casualmente olvidaste el hotel en el que te estabas quedando en París, sin embargo, yo tampoco tenía idea de en dónde quedaba, por eso no le di importancia. Al llegar a Caracas, te dieron el regalo más peculiar que yo había visto a mis 15 años: un juego de memoria que te hizo Isita con nuestras fotos y nombres.
Preguntabas por “Tobías”, que cuándo venía, que lo estabas esperando para cenar. Lilian, la que te cuidaba en ese momento, te dijo una vez que “el Doctor no va a venir, Señora Itriago, él se murió”. Yo la odié y tú tuviste que revivir eso que estabas tratando de olvidar, para preguntar otra vez por él el día siguiente.
Cuando mi tía Isabelita también se fue, insistías en llevarla al colegio. Te transportabas a otra época, era impresionante. Dejaste de hablar de ella, y te empezaste a preocupar por las monjitas, siempre había un encargo o una visita ficticia a las Hermanas Adoratrices. Fue en esos meses que me di cuenta de que podía hablar más contigo si te seguía la corriente, entonces inventaba que ya íbamos a ir al colegio Belén y tú te quedabas tranquila, contenta.
Lo más doloroso fue cuando me dejaste de reconocer. Al principio era sutil, sabías que era tu nieta pero no por qué hijo. Me encantaba aclarar contigo lo mismo siempre: “Grandmita, ¿quién es tu nieta preferida?”. “Tú”. “OK, que no se te olvide”.
Después creo que sabías que yo era alguien a quien querías mucho aunque no te supieras mi nombre, y cuando te decían “Mami, ésta es La Titi”, tu decías “La Titi”, y en ese momento me dabas el regalo más grande del mundo.
Hoy, cuando te visité, y te dije quién era, no me dijiste nada, es que ya casi no dices mucho, pero me viste a los ojos y sabías, sabías que era yo.
M.N.
